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Carmen Martín Gaite, un cuento de nunca acabar

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MARÍA FOLGUERA

María Folguera de la Cámara ha compaginado su labor de autora en narrativa y teatro con la gestión cultural en artes escénicas. En 2025 recibió una Beca Leonardo de Creación Literaria y Artes Escénicas para escribir El nombre de Bobita, un libro en torno al vínculo entre la escritora Zenobia Camprubí y la mujer que la crió, Honorina Camps, apodada Bobita. Entre sus últimos proyectos teatrales se encuentra la adaptación de El cuarto de atrás, la novela-ensayo de Carmen Martín Gaite. Con motivo del 100º aniversario del nacimiento de la escritora, Folguera ensalza en esta tribuna su capacidad excepcional como contadora de historias.

28 enero, 2026

Perfil

María Folguera

Creo que el final literario que más admiro de Carmen Martín Gaite es el de El cuento de nunca acabar. Es pura coherencia: después de dedicar cientos de páginas a reflexionar sobre el acto de narrar, introducidas por siete prólogos y cosidas entre saltos temporales que nos demuestran que la autora dedicó años a elaborar esta cuestión, nos anuncia que lo abandona. “¡Basta! Me falta muchísimo, pero basta […] A las muchas traiciones que he hecho no voy a añadir la de renegar del nombre que le puse en los mismos orígenes de la relación entablada”. Descubría así un final en perfecta correspondencia con su título. Los cuentos, aunque engañen con su “colorín, colorado”, siempre volverán a empezar. Todos los escritores somos discípulos de Shahrazad, la narradora de Las mil y una noches.

Unas líneas antes de (in)concluir El cuento de nunca acabar Martín Gaite repasa los años de elaboración, en los que se han ido inmiscuyendo otras novelas y encargos en forma de guion, artículos, traducciones y textos teatrales. A lo largo de su vida, su escritura tomó múltiples formas para abordar los temas que le fascinaban el acto de narrar, recordar y ser interlocutor del otro, las relaciones materno-filiales o la imaginación como fuga ante una realidad opresiva; y el hecho de que en tantos textos encontremos alusiones a otros escritos que aparecerían antes o después la convierte en gran cronista de su proceso creativo. Cronista en su sentido más amplio: libros como El cuarto de atrás o aquel “cuento de nunca acabar” son filosofía de la temporalidad. Narraciones que encubren tratados, ensayos salpimentados de relatos y leyendas; una escritora total que hilvana palabras mientras nos hace conscientes del largo viaje que esas mismas palabras iniciaron hasta llegar a nosotros.

En diciembre de dos mil veinticinco se cumplieron cien años del nacimiento de Carmen Martín Gaite. Ha sido un aniversario rico en actividades y encuentros: el estreno de varias adaptaciones tuve el honor de participar como autora de la versión escénica de El cuarto de atrás, que ha girado por España y hecho temporada en el Teatro de la Abadía de Madrid y el Teatre Goya de Barcelona, la publicación de la brillante biografía de José Teruel, las reediciones, los podcasts y exposiciones. Ayer visitaba la muestra Carmen Martín Gaite (1925-2025). Un paradigma de mujer de letras en la Biblioteca Nacional y pude detenerme ante paredes intervenidas por sus collages neoyorquinos, escuchar su recitado de poemas y encontrar manuscritos, libretas sus célebres “cuadernos de todo” y fotografías de una vida plena a pesar de algún que otro golpe. Me sorprendió, precisamente, el final del recorrido. Una pantalla con un discurso que creo no había leído o escuchado antes: su aceptación del premio Príncipe de Asturias en mil novecientos ochenta y ocho.

Durante veintidós minutos pueden encontrar el vídeo en el archivo de RTVE Martín Gaite encarna el reto de cruzar un estrado y dirigir la palabra al joven Felipe de Borbón, mientras una tribuna de hombres ilustres de rostros inexpresivos la escucha. Con habilidad de aficionada al teatro y el cabaré siempre decía que le habría gustado ser titiritera, y la exposición muestra cómo sus primeros escritos infantiles son críticas de espectáculos y películas traza una captatio benevolentiae magistral. Rompe la frialdad de los preceptos para señalar al príncipe como adolescente que seguro habrá leído cuentos de hadas, en los que a veces al heredero le pesa la capa de terciopelo y anhela una aventura. Se dirige también a José Ángel Valente, con el que compartía ese año el premio, desde la confianza de una amiga. Bromea con que los usos amorosos de la posguerra española en la que se criaron los dos no habrían permitido este reparto de roles en el que ella habla y él escucha. Su discurso, de una suave provocación, hace sonreír a Felipe de Borbón. También a Valente cuando le dice que aquella ceremonia ya no es como un baile de antaño en el que ella, la chica, sorbe un gin fizz y lo mira a él, el chico, de reojo y pasivamente, sino que le toca a ella la iniciativa. No sabemos si los políticos Adolfo Suárez o Manuel Fraga sonrieron también en ese momento: los barridos de cámara muestran un auditorio muy serio. Pero el guiño permite evocar la labor martingaitiana de investigación sobre género y educación sentimental española, y a la vez reconoce la ruptura que supone, en el solemne y rígido marco literario oficial español, la presencia de una escritora dedicada a cuestiones siempre consideradas menores por femeninas o infantiles.

La sabiduría de Martín Gaite supo mantenerse en la firme creencia de que la escritura tiene un origen sencillo: alguien cuenta un cuento antes de irse a dormir. Una niña juega a dibujar en la arena con un palito. Una retahíla callejera permanece en la memoria. Después los cuentos echan a andar solos, se enredan, se pierden, se complican, y quién sabe si acaban alguna vez. La trayectoria de Carmen Martín Gaite es un ejemplo. Después de aquel premio Príncipe de Asturias, y de otros que llegaron con “la edad de merecer”, como se refería ella a sus años de madurez, vivió una última década como novelista. Caperucita en Manhattan, Nubosidad variable, La reina de las nieves, Lo raro es vivir e Irse de casa se convirtieron, entre mil novecientos noventa y su fallecimiento en el año dos mil, en grandes éxitos de público. La escritora discípula de Shahrazad nunca abandonaba el cuento. Solo lo aplazaba hasta la noche siguiente.

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