“No podremos detener la fuerza destructiva de los incendios actuales si no frenamos las emisiones de CO2 causantes del calentamiento global”
¿Qué lecciones podemos aprender los “paleoincendios” del pasado para comprender, prevenir y combatir el fuego en el contexto de cambio climático actual? Esta es la pregunta que aborda en su investigación Graciela María Gil, científica titular del Instituto Pirenaico de Ecología-CSIC en Zaragoza, y receptora de una Beca Leonardo 2015 en Ciencias del Medio Ambiente. Tal y como explica en esta entrevista, la velocidad del cambio climático actual no tiene precedentes en la historia de nuestra especie y el impacto destructivo de los incendios actuales solo se podrá detener si reducimos las emisiones de CO2 causantes del calentamiento global.
24 septiembre, 2026
Pregunta.- Tu investigación se enmarca en la paleoecología. ¿Cómo definirías el enfoque diferencial de este campo y la importancia del tipo de conocimiento que aporta a las ciencias del medio ambiente?
Respuesta.- La paleoecología, si divides el término en dos partes, tiene por un lado la parte de la ecología, que es entender la interacción entre organismos vivos y comprender qué les hace sostenerse en el tiempo; y la parte paleo se refiere a observar cosas que no están en el registro histórico, que no podemos recuperar con archivos escritos o realizando mediciones en el campo, que es lo que hacen nuestras compañeras y compañeros de la ecología actual, por ejemplo midiendo un árbol y analizando su estado después de un fuego. Lo que hacemos es intentar recuperar una escala de tiempo muy larga que nos permita entender si lo que estamos viviendo en la actualidad, en términos de comunidades de plantas y animales, ha ocurrido antes. Es decir, cuando yo observo una comunidad de plantas, de animales, de organismos vivos que reaccionan de una determinada manera ante una perturbación o ante un cambio climático, ¿puedo decir que han superado algo equivalente en el pasado o no? Ese es el punto más valioso que tiene mirar a una serie temporal muy larga: ir hacia atrás en el tiempo e ir trazando cuáles han sido las líneas de respuesta de los organismos vivos.
P.- ¿Cómo puede contribuir este enfoque de la paleoecología a comprender y abordar el cambio climático actual?
R.- El clima y todos los sistemas terrestres son dinámicos. No hay nada estático y por tanto siempre han existido cambios climáticos. ¿Por qué es importante mirar al pasado ahora? Porque el cambio global –que no lo circunscribiría únicamente al cambio climático, sino a todos los cambios que está experimentando el sistema terrestre– ha sucedido en épocas previas, pero lo que estamos viviendo ahora y lo que hace realmente útil el enfoque de la paleoecología es la velocidad del cambio. Lo que estamos experimentando ahora no tiene precedentes en la historia de nuestra especie. Los humanos hemos evolucionado dentro de unas condiciones muy concretas y fuera de esas condiciones, no sabemos si se va a poder garantizar el bienestar que nuestra civilización actual. Si miramos hacia atrás, no somos capaces de encontrar un evento tan rápido como el actual. Solamente cuando añades las emisiones de dióxido de carbono producidas en los últimos 100 años, puedes replicar el calentamiento global actual. Ningún otro agente natural, como las erupciones volcánicas o las manchas solares –a los que suelen aludir los “negacionistas”– pueden provocar un impacto al ritmo al que estamos observando el cambio climático actual. Por eso podemos señalar al ser humano y afirmar sin lugar a equivocarnos, que es el cambio más rápido que ha experimentado nuestra especie.
P.- Tu investigación se ha centrado en los incendios en la zona del Mediterráneo y las altas montañas de España y Etiopía desde la perspectiva de la paleoecología. ¿Cuáles han sido los resultados principales y cómo nos pueden ayudar a entender el fenómeno de los fuegos destructivos que estamos sufriendo en el contexto del cambio climático actual?
R.- La vegetación mediterránea es capaz de soportar el fuego, pero dentro de un régimen, y conocer el régimen implica, de nuevo, mirar hacia atrás en el tiempo. La investigación apoyada por la Beca Leonardo me permitió producir unos datos hiper precisos de la frecuencia con la que había habido incendios en buena parte del Pirineo Central. De manera que pudimos decir que cuando no hay aumentos abruptos de temperatura, hay un incendio cada 100-150 años. Cuando hay un aumento muy abrupto de temperatura, esa frecuencia se reduce a la mitad. Esos aumentos abruptos de temperatura eran abruptos en términos geológicos, pero eso no tiene nada que ver con lo que estamos experimentando ahora. Así que cabe esperar que la frecuencia a la que la vegetación va a tener que responder a incendios ahora mismo en el Pirineo va a ser cada vez mayor, y entonces lo que observamos – gracias también a la Beca Leonardo–, es que las comunidades de plantas colapsan durante varios siglos sin posibilidad de recuperarse de forma rápida. Eso es una advertencia de hacia dónde vamos. Este año se han quemado 18.000 hectáreas en el prepirineo entre el Embalse de la Peña y la Peña de Oroel, fruto de dos factores fundamentales donde es difícil saber cuál tiene más peso: un cambio en la temperatura muy abrupto y una gestión forestal deficitaria. Eso va en paralelo y forma parte también del cambio global: el abandono del territorio.
P.- ¿Con qué metodología has analizado los paleoincendios?
R.- Nosotros trabajamos con archivos naturales que son lo que llamamos bibliotecas del planeta. Yo voy a un lago, que es como una biblioteca, extraigo un sondeo que es un sedimento, un cilindro de barro del fondo del lago que es como si fuera un libro y en ese libro hay escritas en cada lámina, en cada centímetro, una historia. En esa historia trabajamos como en la Piedra Rosetta, expertos en distintas lenguas. La lengua que yo manejo es la de las plantas y los animales y para eso utilizo granos de polen que quedan fosilizados para reconstruir la vegetación. Esos granos de polen son distintos entre sí, como las hojas de los árboles y así puedo reconstruir qué plantas había. Con el ADN que se queda sedimentado, puedo reconstruir qué animales había hace miles de años. Y para reconstruir el fuego, estudio partículas de carbón cuyas dimensiones de reflectancia y estructura me hablan de qué combustible se quemó, qué intensidad tuvo el fuego y el alcance que tuvo, el área que se quemó. Los voy registrando y con esa serie temporal que varía en el tiempo, puedo saber con qué frecuencia sucedieron estos incendios.
P.- ¿Qué lecciones fundamentales crees que podemos aprender de esta investigación paleoecológica del fuego, de cara a la prevención y extinción de los incendios actuales?
R.- En una circunstancia de acumulación de biomasa como la que estamos experimentando y un aumento en medio de las temperaturas en las zonas de montaña de casi 2 grados en los últimos 20 años, hay que actuar muy rápido, antes de que empiece la temporada de incendios, para hacer un manejo forestal específico, muy dirigido, que no se limite solo a tener grandes cortafuegos. El aprendizaje del pasado es que, sin casi presencia humana en los últimos 6.000 años, ha habido un régimen de incendios que ha permitido a la vegetación mantenerse. Ahora, el agente fundamental del descontrol somos los seres humanos a través del cambio climático, que es responsabilidad nuestra, y porque hay que intervenir en la frontera urbano-forestal.
P.- ¿Qué intervenciones son las más necesarias ahora para proteger a los bosques del fuego?
R.- Este no es específicamente mi área de trabajo, pero seguramente la solución es una combinación de varias acciones. En primer lugar, repoblar estratégicamente zonas despobladas para facilitar un manejo continuado de las masas forestales, con una regulación bien diseñada entre las comunidades autónomas y el Estado. La España vaciada tiene que repoblarse y eso implica un desembolso institucional por ejemplo para repoblar el Pirineo, de manera que haya presencia humana permanente en zonas donde ahora no existe. Y esa presencia humana implicará la retirada de biomasa de zonas delimitadas. No se trata de destruir el bosque, se trata de gestionarlo de manera estratégica para que haya un uso maderero permanente y eso te garantiza que hasta cierto punto haya un control potencial del fuego en verano. Ahora bien, hay que ser muy consciente de que quizá eso no es suficiente, porque muchos veranos como este que hemos vivido en 2026 van a generar incendios de las dimensiones y características de los que hemos vivido este año, aunque las masas forestales estén bien gestionadas.
P.- Es decir, ¿consideras que incluso con una gestión adecuada del bosque, los incendios van a seguir siendo muy destructivos si no se frena el aumento de las temperaturas y las olas de calor?
R-. La gestión más importante que tenemos que abordar es la del conjunto del planeta, la problemática de las emisiones de CO2. La gestión del bosque puede mitigar o paliar el impacto del fuego, pero no vamos a poder detener la fuerza destructiva de estos incendios si no frenamos el aumento de las temperaturas desencadenado por el cambio climático. Hay que invertir en renovables, intentar consumir menos, procurar que lo que consumamos no emita, y en paralelo, fomentar más presencia de ciudadanía en los espacios abandonados para hacer un uso estratégico y gestionado del bosque. Todavía estamos a tiempo, hay que activarse y moverse en todos los frentes que como ciudadanos tenemos por delante tanto para actuar contra el cambio climático como para adaptarnos.
P.- ¿Qué ha supuesto el impulso de la Beca Leonardo para tu carrera científica?
R.- Fue instrumental, llegó en un momento en el que yo estaba un poco dudando entre dejar la academia o continuar. E inmediatamente después de completar el proyecto Leonardo, gracias a los resultados pude solicitar un proyecto grande a la agencia de investigación alemana, que me permitió contratarme a mí misma en el CSIC durante 6 años y entrar en contacto con toda una nueva trayectoria investigadora que ha ampliado mis horizontes para trabajar en África, donde ya había trabajado en mi tesis, pero me reconectó con Etiopía y la dinámica de incendios en el cuerno de África. Y eso habría sido imposible sin el trabajo y el mérito que supone en una concurrencia tan competitiva como la que representa las Becas Leonardo.