FIRMA INVITADA
Donde nacen los libros
En 2016, Jesús Carrasco recibió una Beca Leonardo para escribir Bisonte, una historia épica sobre la compleja relación entre el ser humano y la naturaleza. El resultado no tuvo difusión, pero a raíz de su escritura surgió un texto intermedio y un personaje que se materializaron en otra novela publicada en 2021: Llévame a casa. El escritor, que recientemente ha presentado su último libro, El detalle (una comedia agria en la que disecciona la ruptura de una pareja), reflexiona sobre el origen de la inspiración. En esta tribuna, responde desde su punto de vista a uno de los mayores misterios de la literatura: ¿de dónde salen los libros?
25 junio, 2026
Ser un escritor profesional en el siglo XXI, salvo contadas excepciones, implica el desempeño, al menos, de dos clases de tareas. La primera, por supuesto, escribir. La segunda, viajar de un lugar a otro hablando de lo escrito. Las contadas excepciones a las que aludía se refieren a aquellos pocos novelistas que pueden vivir exclusivamente de los derechos de autor que generan sus libros.
La primera tarea, solitaria, se desarrolla muy frecuentemente en casa. Suele ser trabajosa e incluir periodos de obsesión ensimismada. Necesita de concentración, insistencia y de un control emocional que haga posible completar el libro pasando por encima de días frustrantes pero también de días eufóricos que, por sí solos, no sirven para llevar el texto a término. Esta primera parte del trabajo puede desarrollarse, de principio a fin, en pijama.
La segunda actividad, es decir, hablar de escritura, reclama atributos que se dirían opuestos a los necesarios para componer el texto. Hay que salir constantemente de casa y viajar. Hay que alejarse del escritorio y acercarse a los auditorios. Desarrollar un discurso público bien articulado. Hay que ser elocuente y, por supuesto, mostrarse cordial y abierto a todas las personas que esos encuentros convocan: organizadores, lectores, programadores, periodistas, trabajadores de las editoriales, libreros, etc. Para desarrollar esta parte del trabajo, sobra decirlo, es conveniente sustituir el pijama por atuendos más apropiados.
Yo, como la mayoría de mis colegas, desarrollo esa actividad paralela a la escritura que se da en el espacio público. En presentaciones, talleres o ferias del libro, se produce, por lo general, una interesante conversación con los lectores donde suelen preguntar dudas y curiosidades relacionadas con el proceso creativo.
Al menos en mi caso, la pregunta más frecuente tiene que ver con el lugar en el que nacen mis libros: si brotan de una idea, de una tesis, de una imagen o de una reflexión. En resumen, de dónde obtengo la inspiración.
La pregunta es perfectamente razonable pues algo que previamente no existía se le presenta al lector en forma de libro impreso (o digital), son su cubierta, su faja, su título y, por supuesto, sus páginas conteniendo una historia, más o menos larga, más o menos compleja, más o menos profunda o subyugante o densa o ligera o tediosa. ¿Dónde estaba, en resumen, la novela que ahora sostiene el lector entre sus manos?
La clave para comprender ese origen está, a mi parecer, en definir adecuadamente qué es eso que todos sobrentendemos cuando hablamos de inspiración. Una idea que, por lo general, sugiere una procedencia difusa y misteriosa. Un lugar más o menos brumoso al que hay que ir en busca del libro. Esa noción, tan extendida todavía hoy, arranca al mismo tiempo que arranca lo literario, con la composición de la Odisea. El primer verso del libro dice así: “Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos, […]”. O de muchas habilidades o mañas, dependiendo de cómo se traduzca el término griego Πολύτροπος.
Lo relevante para lo que nos ocupa, en cualquier caso, está al principio del verso: Cuéntame, Musa. Es decir, se nos da a entender que los más de doce mil versos de la obra le han sido dictados a Homero por la Musa, un agente externo que conecta a los dioses con el poeta que, en este reparto de tareas, se limita a ser un transcriptor.
Todavía hoy, bien entrado el S. XXI, cuando aludimos a la inspiración artística, nos estamos refiriendo a ese modelo arcaico que se remonta al S. VIII antes de Cristo. La inspiración, seguimos sobrentendiendo, es un agente externo con algo de azaroso, puede que de mágico, que, si bien no dicta la obra, al menos la activa y le aporta sus mejores partes. Las partes más inspiradas, solemos decir.
En mi experiencia esa inspiración se parece más a un estado de sensibilidad dirigida que a un mensaje llegado del más allá. Un estado en el que las facultades necesarias para, en mi caso, la escritura, se concentran en una sola intención: componer la obra. Diría que esas facultades son de orden físico, intelectual y emocional. Por un lado necesito estar bien físicamente, incluso entrenado, para poder sentarme durante meses o años y no atrofiarme. También necesito tener claridad mental, frescura y cierto descanso, para poder discriminar las ideas o las notas, para poder ir eligiendo los mimbres que el libro necesita y que, en una gran parte, voy descubriendo a medida que avanzo. Por último necesito sentirme emocionalmente equilibrado para que las cosas que de verdad importan en la vida, aquellas que requieren de toda nuestra atención cuando se desencadenan, no interfieran en esa tarea, siempre subalterna, que es la escritura literaria.
Diría, a modo de conclusión, que el lugar del que proceden mis novelas es la voluntad misma de querer escribirlas. Nadie me manda, nadie me obliga. Soy yo quien, después de muchos meses tomando notas, reuniendo mimbres, decido que quizá hay una historia que merezca la pena ser contada. Y si todo sale bien, después de todo ese tiempo, en el lugar en el que no había nada aparece un libro.