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Entrevista a Pablo Gago, Beca Leonardo 2025 en Ciencias del Medio Ambiente

“Estamos expuestos a miles de compuestos químicos en el interior de nuestras viviendas que pueden provocar efectos perjudiciales en la salud”

PABLO JÁUREGUI

Se calcula que hasta un 80% enfermedades tiene su origen no en nuestra herencia genética, sino en el exposoma: el conjunto de factores ambientales que nos acompañan a o largo de la vida. Impulsado por una Beca Leonardo en Ciencias del Medio Ambiente, el investigador Pablo Gago, científico titular en el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC), explora un territorio todavía poco transitado: la presencia de contaminantes en interiores de viviendas y su posible huella sobre la salud.

25 junio, 2026

Perfil

Pablo Gago

Pregunta.- ¿Qué es el exposoma y por qué es importante estudiarlo?

Respuesta.- El exposoma es, en cierto modo, el reverso ambiental del genoma. Si el genoma es el conjunto de genes con los que nacemos, el exposoma abarca todo lo demás: la suma de cuanto nos rodea y nos atraviesa desde que somos concebidos. No solo las exposiciones químicas, sino también las biológicas (virus, bacterias) y las físicas, como el calor o la radiación. Pero el concepto va más allá de lo que entra en el cuerpo: comprende también la huella que esas exposiciones dejan en él, el modo en que nuestro organismo las procesa y responde a ellas. Es, además, algo vivo y cambiante, que se acumula con los años. Y si descifrar el genoma transformó la medicina al revelar qué variantes genéticas influyen en nuestra salud, entender el exposoma es el paso complementario e igual de decisivo, porque la mayoría de las enfermedades no nacen de los genes ni del ambiente por separado, sino del diálogo entre ambos.

P.- ¿A qué tipo de contaminantes estamos expuestos en nuestras viviendas y cuáles son los riesgos que investiga tu proyecto?

R.- Existen unos 350.000 compuestos químicos en uso industrial en todo el mundo, y buena parte de ellos termina, de un modo u otro, en el interior de nuestras casas. Los emiten los objetos más cotidianos: productos de limpieza, muebles, suelos vinílicos, tapicerías, utensilios de cocina, envases. A ellos se suman las partículas que entran del tráfico exterior y, en algunas zonas, los pesticidas agrícolas. Muchos viajan por el aire y, a la larga, se han asociado a un mayor riesgo de cáncer, infertilidad, alergias y otras dolencias. El problema es que su efecto resulta escurridizo: dosis pequeñas, daños que tardan años o décadas en aflorar y múltiples causas entrelazadas que impiden señalar a un único responsable. Conviene recordar que costó décadas relacionar el tabaco con el cáncer de pulmón, algo que hoy nadie discute; con muchos de estos agentes podría suceder lo mismo, porque nos envenenan despacio, de forma casi imperceptible. Y hay un matiz esencial: no nos exponemos a una sustancia, sino a cientos a la vez (el llamado efecto cóctel), mientras que la ciencia y la normativa todavía las evalúan casi siempre de una en una.

P.- Generalmente cuando pensamos en riesgos de salud por contaminación, nos preocupamos sobre todo por la polución del tráfico en las ciudades. ¿Realmente debemos preocuparnos igualmente por los compuestos que nos rodean en nuestras propias casas?

R.- Lo cierto es que pasamos la mayor parte de la vida en espacios cerrados, y al comparar el aire interior con el exterior comprobamos que muchos contaminantes se concentran más dentro que fuera. La razón es doble: dentro están los focos que los emiten (nuestros propios productos) y, a la vez, el aire se renueva mucho menos, de modo que no se diluyen. El caso de los PFAS, las sustancias perfluoroalquiladas, es paradigmático: se las conoce como «químicos eternos» porque apenas se degradan y se acumulan tanto en el ambiente como en nuestro cuerpo. Están por todas partes (en la ropa, el mobiliario, la electrónica, las sartenes) y se han vinculado a un amplio abanico de trastornos, desde alteraciones neurológicas o inmunitarias hasta el cáncer o las complicaciones del embarazo. Y no llegan a nosotros solo por el aire que respiramos: el polvo doméstico y el simple contacto con la piel son vías igual de importantes.

P.- ¿Cómo va a analizar tu proyecto el impacto potencial de este problema sobre la salud pública en España?

R.- Hemos instalado dispositivos que recogen muestras químicas en 200 edificios de Girona y, en paralelo, analizamos sangre, orina y pelo de quienes los habitan. La idea es cruzar esos dos planos: lo que medimos en el aire de la vivienda y lo que de verdad acaba dentro del organismo. Cada muestra, además, nos abre una ventana temporal distinta: la orina refleja lo más reciente; la sangre, los compuestos que persisten; el pelo, una exposición prolongada en el tiempo. De momento, una prueba de concepto en las diez primeras viviendas ya ha revelado una presencia notable de contaminantes, y en los próximos meses extenderemos el análisis al resto. Queremos averiguar qué sustancias dañinas hay en las casas y de dónde proceden, pero también hasta qué punto el propio edificio condiciona la exposición. Por eso hemos elegido construcciones de distinto tipo: nos interesa, por ejemplo, el papel del sistema de ventilación, porque la renovación del aire es uno de los factores que más determinan cuánto se acumula en el interior.

P.- ¿Cómo prevés que pueden contribuir los resultados del proyecto a la adopción de medidas preventivas frente al riesgo de este tipo de contaminación interior?

R.- Los datos nos permitirán diseñar estrategias fundamentadas para mejorar la calidad del aire interior y reducir los riesgos. Esas medidas actúan en dos niveles: el individual (elegir mejor los productos, ventilar más) y el estructural, que es el verdaderamente decisivo: regular el uso de estas sustancias en su origen. Aquí cobra todo su sentido el principio de precaución, porque si el daño tarda décadas en manifestarse, esperar a la certeza absoluta puede significar reaccionar demasiado tarde, como ya nos enseñó el tabaco. El exposoma sigue siendo un gran desconocido, y esta investigación aspira a situarlo en primer plano. Nuestro objetivo último es que, con datos objetivos sobre la mesa, la sociedad pueda exigir un control más estricto de aquello que nos rodea. De hecho, la tendencia que defiende la ciencia es dejar de regular sustancia a sustancia (un proceso lentísimo) y hacerlo por familias enteras, como ocurre ahora con los PFAS: cinco países europeos propusieron en 2023 restringirlos como grupo bajo el reglamento REACH, y los comités científicos de la Agencia Europea de Sustancias Químicas respaldan ya una restricción para toda la UE, pendiente de decisión final en los próximos años.

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