FIRMA INVITADA

Un crimen contra el teatro

ABEL GONZÁLEZ MELO

El dramaturgo Abel González Melo, Beca Leonardo de Creación Literaria y Artes Escénicas 2022, reivindica la riqueza del repertorio teatral. Su influencia, argumenta, se vislumbra en los cimientos del “nuevo” teatro. Más allá de su vigencia, el autor y director ensalza en esta tribuna el “desbordante pulso de humanidad” de las obras teatrales que han aguantado el paso del tiempo.

24 septiembre, 2026

Perfil

Abel González Melo

A menudo me preguntan por qué, siendo un dramaturgo bastante prolífico, dirijo mucho más teatro de repertorio que mis propias obras. Suelo responder de forma similar: si se me permitiera escoger, solo dirigiría textos ajenos.

Una buena amiga, exitosa dramaturga-directora ella misma, es decir, directora de sus obras, me rezonga de vez en cuando: «¿Vas a estrenar otra vez un Cervantes?», «¿Mayorga de nuevo?», «¿Ahora Sor Juana?», «¿Otra de Sergio Blanco?», «¿Pero cuántos Lorcas llevas ya?». No pierde ocasión para echarme en cara lo que ella considera un despilfarro de mis energías, una pérdida de tiempo.

Me divierte esa incomodidad de mi amiga, que no disimula su desdén ni su permanente estado de alerta ante «la invasión», así la llama, que la dramaturgia canónica, ya sea clásica o contemporánea, «está perpetrando en el panorama escénico español, en detrimento de las nuevas escrituras». Ella, sin embargo, estrena sus propios textos con un nivel decoroso y en producciones que no parecen baratas. Y son las suyas obras que, a todas luces, beben de un patrimonio dramático de siglos, se apropian de toda la herencia que nos ha hecho llegar hasta aquí, reciclan la materia prima del teatro que por más de dos milenios Occidente ha ido edificando en múltiples lenguas. Mi amiga lo sabe, no es tonta. Parte primordial de su éxito como autora se debe a ello, a la forma en que selecciona, remezcla y vuelve a empaquetarlo todo. Lo sabe, lo sé, lo sabemos: ese totum revolutum es la naturaleza de nuestro oficio, es nuestra marca de identidad. Pero ella se queja. Algo teme. Algo la inquieta.

El estandarte del apoyo a las «nuevas escrituras», ese cajón donde caben tantas cosas diversas sin importar calidad ni estilo, es usado con frecuencia de manera tramposa y egoísta. Tramposa porque intenta erigir en virtud la socorrida novedad de lo escrito o de quien escribe, cuando nada asegura que esa condición por sí misma sea un mérito. Y egoísta porque induce a una perspectiva harto insolidaria del teatro, como si la dramaturgia mereciera más atención o ayudas que la actuación, la dirección de escena, el diseño de escenografía y vestuario, la iluminación, la composición musical o la coreografía. Todas esas áreas pueden ser tan creativas como la literatura dramática y a todas ellas les da igual la pretendida novedad del material literario, ya que son, como las artes escénicas, siempre nuevas en cada espectáculo: una nueva interpretación de Yocasta, una nueva forma de vestir a Nora Helmer, un nuevo concepto para dirigir Himmelweg, una nueva partitura para las canciones de Doña Rosita la soltera, un nuevo ángulo desde el que iluminar El principio de Arquímedes, una nueva maqueta para La malasangre. El repertorio dramático puede ser más antiguo o más moderno, puede haberse integrado antes o después en eso que llamamos canon, pero la cualidad presente lo transforma en una experiencia siempre nueva. El teatro es un arte paradójico: lo hereda todo y, al mismo tiempo, ha de construirlo todo cada vez, ante la audiencia.

Cuando hablo de estas cosas y defiendo que las políticas públicas contribuyan a financiar el teatro de repertorio, con independencia de que las compañías privadas lo hagan, mi amiga se pone como un basilisco. «A nadie se le ocurre negar a Goya, a Austen, a Chopin, a Varda: son monumentos incuestionables de la pintura, la literatura, la música y el cine —le digo—. ¿Por qué, entonces, te parece mal que volvamos a Corneille, a Chéjov, a Hellman, a Koltès?». Ella insiste en que el teatro es distinto.

Y sí, justamente porque el teatro es distinto hay que llevar a escena el repertorio. Porque a diferencia de las artes de la narración, donde el objeto está ya creado y es en la percepción del público donde ocurre el ajuste de sentido, en las artes de la actuación, como afirma el maestro García Barrientos, conviven quienes ejecutan y quienes asisten a lo ejecutado: dos variables indefectiblemente engastadas en el ritual del acto en directo. Frente a la literatura, el cine, la pintura, la escultura y la música escrita o grabada, resplandecen las artes escénicas por su carácter imprevisible, por la urgencia de la encarnación, por el pacto de ficción presente.

Velázquez seguirá viviendo en el Prado, Giambologna en el Bargello, Cortázar, Lang y Shakira en los servidores remotos de la nube o en alguna estantería. Y lo harán a plenitud. Allí permanecerán sus trazos, sus volúmenes, sus sonidos, sus frases, como todo el arte que es narración y relato sellado, con soportes y contornos precisos. Pero no volver a representar a Esquilo, a Molière, a Gómez de Avellaneda o a Chabaud transformaría sus obras en literatura amputada. Significaría el acto más mezquino que una profesión pueda consumar en su propio menoscabo. Un crimen contra el teatro mismo.

Incontables son las virtudes del repertorio, pero la que más me seduce es su desbordante pulso de humanidad. ¿Existe un arte más humano que el teatro, protagonizado por seres humanos que interpretan, ante otros seres humanos, a seres humanos que fueron concebidos por seres humanos? ¿No resultan emocionantes tantas capas de humanidad? El canon teatral es una invitación permanente a adentrarnos en la historia y el porvenir de la civilización y sus reflejos, a dialogar con esas personas que nos precedieron o que nos sucederán.

Porque se sigue hablando del amor y la muerte en las «nuevas escrituras», por supuesto, pero se hace inevitablemente con los ojos actuales y, en muchos casos, desde un abrumador exhibicionismo o una egocéntrica ceguera. El repertorio, en cambio, ha sobrevivido a la criba del tiempo, o se ha impuesto en un lapso muy breve, y emerge como una ventana a la cual asomarnos para descubrir cuánto se enamoraron, qué heridas tuvieron, por qué se enfrentaron, cómo temieron morir aquellas gentes. El repertorio nos permite advertir cuán cerca estamos de sus dilemas particulares, de su vulnerabilidad, de sus diminutas o inmensas obsesiones, de sus palabras. La velocidad del universo frena en seco ante la venganza de Hécuba, la felicidad de Mirandolina o el infortunio de Vania. En la distancia entre épocas y lugares se encuentra un tesoro inaudito: la oportunidad de construir, a partir de aquellos, otros mundos sorprendentes para dialogar con el público de hoy.

Notable virtud del repertorio es asimismo el encuentro con una riqueza lingüística que creíamos perdida. ¿Existe algo más fascinante que regresar a Don Gil de las calzas verdes, Valor, agravio y mujer, El castigo sin venganza? Similar es el deslumbramiento, intuyo, que sentirán un francés o un inglés al volver a Racine o a Marlowe. Y no hay que irse hasta los Siglos de Oro: leyendo Luces de bohemia o Los grandes muertos, Aquel aire infinito o La lengua en pedazos, NN12 o La ira de Narciso, uno se percata de cuánta capacidad léxica y gramatical, de cuánto vuelo ha perdido una enorme parte del teatro que se escribe hoy, acribillado por la aceleración, la simpleza y la obviedad. Si renunciásemos al canon dramático estaríamos privando al público, por ejemplo, de toda la alta tradición española de teatro en verso, que es única en el orbe y que abarca varios siglos de gloria. Estaríamos quitándole, quitándonos, la posibilidad de aguzar el oído, de reconectar con la grandeza de nuestro precioso idioma.

En dos décadas como profesor y director de teatro he podido constatar otra bondad del repertorio: no existe mejor escuela para ejercitarse en el oficio. ¿Hay forma más completa de foguearse en las tablas que interpretando a Ofelia, a Stockmann, a Winnie, a Orestes, a Bernarda Alba, a Harpagón, a Abigail Williams o a los siete personajes de El cuerpo más bonito que se habrá encontrado nunca en este lugar? ¿Hay mayor desafío para la dirección de escena que enfrentarse a Áyax, Far Away, Los mansos, Cuando deje de llover, La estupidez, Tebas Land o Ana contra la muerte? ¿Y qué supera al placer de diseñar la escenografía, imaginar el vestuario o componer la banda sonora de El Faetonte, María Estuardo, La hija de las flores, Vida de Galileo, Viejos tiempos, Incendios o Los Gondra? Atravesar los confines del canon convierte a artistas y espectadores en cómplices de la arquitectura teatral más poderosa y depurada: estructuras, personajes y diálogos brillantes, sólidas anclas para la eternidad.

Y que no se me olvide la cuarta razón por la que amo hacer repertorio: es tan generoso con el público, le entrega tanto, que este responde llenando las salas, noche tras noche, con disciplinada veneración y avidez pasmosa.

«Cavas tu propia tumba como dramaturgo —dice mi amiga—. Les prestas demasiada atención a los demás, cuando deberías dedicarte a dirigir tus propias piezas». «Qué va —le contesto—. Aparte de leerlo, no he encontrado entrenamiento mejor como dramaturgo que dirigir el repertorio que admiro. Lo disfruto. Me adiestro. Ensancho el horizonte. Además, prefiero que mis obras las lleven a escena otras personas. Resulta mucho más entretenido». «Irresponsable que eres —farfulla mi amiga, mientras apura la penúltima copa de la noche—. ¿Y qué tienes ahora entre manos?». «Pues mira, me encantaría montar Códice Ténoch de Luis Mario Moncada, un delicioso drama épico sobre las luchas de poder entre los señoríos prehispánicos del Valle de México, con inspiración en las tragedias históricas de Shakespeare». «Qué proyectos más raros se te ocurren». «Bueno, es lo que hay». «¿Y eso cuándo lo estrenas?». «Falta mucho —la tranquilizo—. Necesita un elenco grande y lleva producción». «Yo también estoy buscando coproductor para mi nueva obra —se lamenta—, donde compartiré escenario con mi abuela. Es una autoficción documental y a la vez un site specific metadramático, sin palabras, solo con onomatopeyas, video mapping y un oso panda».

El frío de la madrugada arrecia en Chamberí. Pagamos y me despido de mi amiga, a solo unos pasos de la esquina donde una placa reza: «En estos lugares el poeta José Zorrilla se dio a conocer en la despedida de Larra».

Accede al archivo de Σ