FIRMA INVITADA
Manuel de Falla en la encrucijada
Elena Torres Clemente, profesora titular de Musicología en la Universidad Complutense de Madrid, es una de las especialistas internacionales de referencia en Manuel de Falla. Con motivo del 150 aniversario del nacimiento y el 80 de la muerte del compositor gaditano, desarrolla en esta tribuna por qué la figura de Falla constituye una referencia ineludible para comprender la cultura española contemporánea. En 2017, Torres obtuvo una Beca Leonardo en Musicología para estudiar las relaciones dramático-musicales en la Ópera española desde la Restauración Alfonsina hasta nuestros días.
28 mayo, 2026
Como ocurre con los grandes clásicos, Manuel de Falla constituye una referencia ineludible para comprender la cultura española contemporánea. Pocos creadores han mantenido una presencia tan constante —y transversal— en la vida musical, académica y simbólica de nuestro tiempo. Sus composiciones siguen interpretándose de forma habitual en los principales teatros y auditorios internacionales; su legado alimenta congresos, exposiciones, grabaciones y nuevas lecturas historiográficas; y su nombre permanece asociado, incluso para el gran público, a una idea de excelencia artística vinculada a la modernidad. De ahí que 2026 –año en que confluyen el 150 aniversario de su nacimiento y el 80 de su muerte– haya sido declarado por el Gobierno de España como Acontecimiento de Excepcional Interés Público, una distinción reservada a efemérides de especial relevancia cultural e impacto colectivo.
En buena medida, esta vigencia se explica porque su figura condensa como pocas la compleja encrucijada estética, intelectual y artística de la Edad de Plata. En Manuel de Falla convergen algunos de los grandes debates del primer tercio del siglo XX: la redefinición de lo español, el diálogo con Europa, la recuperación del pasado como impulso renovador o la búsqueda de un arte total nacido de la complicidad con las vanguardias poéticas y visuales de su tiempo. Precisamente por ello, cada generación ha encontrado en Falla respuestas distintas a sus propias preguntas. Basta escuchar el ritmo hipnótico de la «Danza ritual del fuego», la atmósfera suspendida de Noches en los jardines de España o la intensidad concentrada de El retablo de maese Pedro para comprender que su música conserva una sorprendente capacidad de emocionar y sorprender al oyente actual.
Pero, ¿quién es realmente el Manuel de Falla que ha llegado hasta nosotros? ¿El compositor nacional elevado a la categoría de mito? ¿El artista austero y silencioso que cierta tradición historiográfica convirtió en imagen dominante? ¿O el creador inquieto que basó su pensamiento artístico en la tensión entre contrarios? Releer a Falla supone aceptar esa complejidad y redescubrir una personalidad construida sobre múltiples cruces de caminos. Su singularidad no reside tanto en haberse situado en uno de esos polos como en haber habitado simultáneamente todos ellos. Tal vez sea precisamente esa condición fronteriza la que explique la extraordinaria vigencia de su legado.
Negar a Beethoven, pero retornar siempre a él
El primero de esos cruces de caminos enfrenta tradición y modernidad. Falla fue uno de los grandes renovadores de la música española del siglo XX. Su estancia en París y el contacto con músicos como Debussy, Dukas, Ravel o Stravinsky le permitieron descubrir nuevos horizontes sonoros y actuar, a su regreso, como mediador intelectual para toda una generación de jóvenes compositores –los denominados músicos del 27–. Sin embargo, esa imagen del Falla innovador, alineado con la vanguardia, resulta incompleta si olvidamos que también fue heredero de una larga tradición. Formado bajo la sombra de Beethoven, el músico gaditano se mantuvo siempre vinculado al canon clásico-romántico centroeuropeo. Tanto es así, que su trayectoria puede leerse como un permanente diálogo con el genio de Bonn: una mezcla de admiración, resistencia y deseo de superación. Por eso podemos afirmar que Falla hizo de la tensión entre pasado y futuro el fundamento mismo de su voz.
De Pastora Imperio al Carnegie Hall
Otro de los grandes equilibrios de Falla se sitúa entre la cultura erudita y la popular. Su música demuestra que los materiales procedentes de la tradición oral pueden ser sometidos a un alto grado de elaboración artística, sin perder por ello su fuerza original. El cante jondo constituyó para Falla mucho más que una fuente de inspiración: en sus inflexiones modales, sus tensiones melódicas y su particular concepción del tiempo encontró algunas de las bases esenciales de su lenguaje. No es casual que Pastora Imperio –una de las bailaoras y cantaoras gitanas más legendarias de la historia del flamenco– desempeñara un papel decisivo en la creación de El amor brujo, una de sus obras más emblemáticas. Como tampoco lo es que algunas de sus páginas hayan trascendido los círculos especializados para instalarse en el imaginario colectivo de varias generaciones de oyentes. Lejos de constituir una contradicción, esa capacidad para conciliar sofisticación artística y amplio poder de comunicación representa una de las mayores singularidades de la música falliana. En esta tensión reside, precisamente, otra de las claves de su permanencia.
La invención de una patria latina
Si existe una etiqueta que ha acompañado a Manuel de Falla, esta es sin duda la de «compositor nacional». Desde luego, Andalucía, el cante jondo y la música española –tanto histórica como popular– ocuparon un lugar central en su universo creativo. Sin embargo, esta imagen resulta insuficiente si atendemos a su horizonte artístico en toda su complejidad. Para empezar, la estancia parisina lo puso en contacto con algunos de los nombres más influyentes de la cultura europea, lo que amplió decisivamente su mirada. Pero además, a partir de 1914, coincidiendo con el estallido de la Primera Guerra Mundial, su pensamiento evolucionó hacia una concepción más amplia de la identidad cultural: la de una latinidad entendida no como categoría geográfica, sino como comunidad estética y espiritual. Cervantes, Miguel Ángel, Couperin o Debussy formaban parte, a sus ojos, de una misma constelación cultural, presidida por lo que él denominó la «divina ilusión latina». Desde esta perspectiva, España dejaba de ser una frontera para convertirse en una de las múltiples voces de una tradición compartida.
Cuando la música sale del pentagrama
La última de estas intersecciones nos conduce al diálogo permanente que Falla mantuvo con otras artes. Como tantos creadores de la Edad de Plata, el gaditano entendió la música como parte de un proyecto cultural más amplio, nutrido por la literatura, la pintura, el teatro y la escena. Sus relaciones con figuras como Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca, María Lejárraga o Pablo Picasso no fueron meramente circunstanciales, sino que enriquecieron profundamente su pensamiento artístico. Basta recordar su cercanía estética con Juan Ramón, cuya aspiración a una poesía cada vez más desnuda y esencial discurre en paralelo a la búsqueda falliana de un lenguaje depurado, alejado del exceso ornamental. O la relación mantenida con Lorca, con quien entabló uno de los intercambios creativos más fecundos de la cultura española del siglo XX. Ese mirarse en el espejo del otro contribuyó a difuminar las barreras entre sus respectivos lenguajes y ayudó a poner a flote un mismo universo artístico. También aquí aparece el Falla más genuino: aquel que convirtió los cruces de caminos en su hábitat creativo. Llegados a este punto, podemos afirmar que en ello radica buena parte de su vigencia: cada época encuentra en Falla un reflejo distinto de sí misma.