Razones para reescribir una novela ya publicada
¿Qué empuja a un autor a reescribir su obra? La escritora y columnista Najat El Hachmi reflexiona sobre los motivos que la han llevado a revisar su segunda novela, La cazadora de cuerpos, publicada inicialmente en 2011, y ahora como La cazadora de cuerpos o la ansiedad del deseo. En esta tribuna, la autora repasa los miedos que plasmó y los errores que cometió en esa primera versión, y las razones por las que ha querido enmendarlos en 2026. Con la ayuda de una Beca Leonardo, El Hachmi escribió El lunes nos querrán, novela que ganó el Premio Nadal 2021.
26 febrero, 2026
Quería reescribir una novela que publiqué en 2011: La cazadora de cuerpos. Me lo desaconsejaron encarecidamente. No tiene ningún sentido, me dijeron, no puedes volver atrás en el tiempo y adaptar lo que fuiste entonces a lo que eres ahora. Y algo de razón hay en esa observación. De hecho, si yo pudiera no volvería a leer nunca más nada de lo que he escrito, ni publicado ni sin publicar. Enfrentarse a un montón de páginas llenas es mucho más tedioso que hacerlo con la página en blanco. La voz literaria que encuentro cuando me leo a mí misma siempre me resulta rara, un poco como cuando escucho la grabación de mi voz real. ¿Soy así? ¿Sueno así? El reflejo de una misma raramente coincide con la propia imagen interior y no por ser una peor o mejor que la otra. Hay una distancia, una diferencia que resulta inquietante. Como si no termináramos nunca de controlar, de dominar el lenguaje y la capacidad de expresarnos fuera inaprensible.
Pero una cosa es esa extrañeza que entraña siempre la escritura y otra muy distinta es hacer un proceso y acabar una novela con la sensación de que no era exactamente así como tenía que ser. Yo escribí mi primera novela, El último patriarca, del tirón, como quien encuentra un fósil que va desenterrando, como algo ya hecho que me vino dado. Sería, supongo, la sedimentación de un material que llevaba a cuestas desde hacía años, incluso puede que toda la vida. Con la segunda, en cambio, el proceso fue muy distinto. Quería explorar el terreno de la sexualidad y el deseo pero no sabía muy bien cómo hacerlo. Tenía como principal referente a Anaïs Nin tanto por los Diarios amorosos como por los relatos eróticos y me apetecía escribir algo más gozoso que esa historia de violencia en el seno familiar que fue el “Patriarca”. También quería alejarme de las raíces culturales de las que venía por varias razones. Porque sentía que mi educación sexual y sentimental estaba más influenciada por la cultura occidental en la que había crecido que en la de mis padres, aunque es verdad que para que esa cultura pudiera penetrarme tenía que salir del marco represor de los valores tradicionales que teníamos dentro de casa. Quiero entender qué nos pasa a las mujeres en este terreno aquí y ahora, me decía, no en función de nuestra procedencia sino de algo que nos rodea y nos condiciona, algo que ocupaba las conversaciones entre amigas, que generaba muchas dudas, contradicciones y no pocos equívocos. Pertenezco a esa generación que nació después de las profundas transformaciones de los años setenta, que ya se encontró con la democracia y la libertad hechas y que daba por superado el feminismo. Sin embargo había algo que no terminaba de funcionar, algo a lo que ni siquiera sabíamos dar nombre.
Me adentré en la historia de una joven que colecciona encuentros sexuales con desconocidos y tiene predilección por los hombres “diferentes”, a los que “caza” y colecciona en un proceso que cree puro y simple ejercicio de libertad. Fueron apareciendo lugares que la cultura no suele representar. Hablo de los trenes de cercanías, los polígonos industriales, las fábricas, baños de discotecas de mala muerte a las tantas de la madrugada, hablo de esa periferia de la periferia, de los márgenes de la sociedad contemporánea.
Quise escribir una novela erótica situada en ese contexto pero el texto me fue llevando a un destino muy diferente: al de la comprensión del malestar que estábamos viviendo las mujeres en relación a una sexualidad en cierto modo alienada porque ni siquiera sabíamos si nuestro deseo era nuestro o se trataba del que habían inventado para nosotras. Fue un proceso arduo porque no hay forma alguna de esconderte y camuflarte como persona cuando como autora decides explorar algo tan íntimo como la sexualidad. Por mucho que inventara, por mucho que imaginara situaciones que no había vivido, a pesar de incluir experiencias de amigas y conocidas, en el fondo una novela siempre es el reflejo de la persona que la escribe de una forma u otra. En este caso debo decir que el pudor que sentía no tenía tanto que ver con las escenas de sexo explícito, algo que ya había aparecido mi primer novela y a las estaba acostumbrada como lectora de Sade, de Monzó, de Almudena Grandes, la propia Nin o Henry Miller sino que lo que empezó a sorprenderme a mí misma en el proceso fue el descubrimiento de que el malestar del que quería hablar no estaba tanto en el sexo en sí sino en esa separación tan cartesiana que habíamos asumido entre la parte carnal de las relaciones y la parte afectiva. A través de la escritura me di cuenta de que habíamos pasado de la represión del sexo a la represión del amor y como autora que huía de la “feminidad” como de la peste (entonces el desprecio hacia las escritoras “cursis” era una forma de discriminación normalizada) no quería que se me notara que en el fondo podía ser una romántica sentimental y bobalicona.
Todo esto me demuestra hasta qué punto preservar la libertad a la hora de escribir es algo en lo que hay que poner mucho empeño. Diría que ahora, pasados 15 años desde la primera versión de La cazadora de cuerpos esa conciencia de las lecturas que se pueden hacer de lo que publicamos es aún mayor. Los debates en redes sociales, la exposición mediática a la que nos sentimos obligados (cuando las cosas nos van bien y podemos llegar a los lectores y los medios se interesan por nuestro trabajo), las polémicas sobre los límites de la libertad de expresión y el juicio a veces simplista y simplificador de las obras que fueron escritas en otros tiempos, también la cultura de la cancelación, todo eso tiene enormes repercusiones sobre la creación literaria. Hay que acallar todo ese enjambre de voces ajenas para descubrir y defender la propia verdad literaria aunque incomode. Más aún cuando no está en sintonía con el tiempo presente, con las modas pasajeras o los temas de actualidad, que parecen condicionar también la agenda cultural.
Reescribir La cazadora de cuerpos me ha permitido mirar a fondo el proceso mismo, cambiar decisiones que tomé no por razones literarias sino por otras que nada tenían que ver con el texto. Un ejemplo: unificar la persona para que toda la novela sea en primera porque el uso de la tercera fue para evitar la típica pregunta de si el texto es autobiográfico o no. Los miedo también operan en la escritura y como me dijo Manuel Rivas en una conversación de hace unos meses, hay que dejarlos fuera. Si puedo sacar una conclusión útil de este trabajo es que los escritores tenemos que protegernos del ruido y lo circunstancial, tenemos que defender por encima de todo nuestra libertad y mirar honestamente los frutos que vamos encontrando en este camino solitario en el que conectamos con lo más profundo que hay en nosotros para que se produzca el milagro de llegar a la profundidad de otro ser humano desconocido y lejano, el lector dispuesto a recibirnos en su propia conciencia.