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Entrevista a Susana Al-Halabí Díaz, Beca Leonardo 2024 en Economía, Ciencias Sociales y Jurídicas

“En la prevención del suicidio es imprescindible que los programas que entren a las aulas cuenten con evaluación de resultados y un sólido marco teórico”

JUAN PUJOL RODRÍGUEZ

El proyecto de Susana Al-Halabí, profesora titular del Departamento de Psicología de la Universidad de Oviedo, impulsa una nueva fase de evaluación y transferencia de PositivaMente 2.0, un programa de prevención escolar universal de la conducta suicida para adolescentes desarrollado en el marco de una colaboración entre investigadores de las universidades de Oviedo y La Rioja. La propuesta es pionera en España en este ámbito, tanto por su enfoque universal y multicéntrico, como por el énfasis en la evaluación rigurosa de sus resultados. El programa comprende seis sesiones que se desarrollan semanalmente durante las horas de tutoría y tienen como objetivo fortalecer habilidades personales y sociales en estudiantes de ESO y Bachillerato. El estudio incorpora un grupo control y contempla un seguimiento longitudinal a los tres, seis y doce meses.

29 octubre, 2026

Perfil

Susana Al-Halabí Díaz

PREGUNTA:- ¿En qué consiste PositivaMente 2.0 y qué aporta nuevo a la prevención de la conducta suicida entre adolescentes desde el ámbito escolar?

RESPUESTA:- PositivaMente 2.0 es un programa de prevención escolar universal desarrollado originalmente por el grupo PRISMA (Programa Riojano de Investigación en Salud Mental) de la Universidad de La Rioja. “Universal” significa que está dirigido a todo el alumnado de un aula, independientemente de que presente o no factores de riesgo específicos. Su objetivo es prevenir la conducta suicida y promover el bienestar psicológico desde una perspectiva educativa y comunitaria. A lo largo de las sesiones, los adolescentes reflexionan y aprenden habilidades para manejar situaciones de malestar, como la empatía, la asertividad, la cooperación o el sentido de pertenencia. La idea es fortalecer factores de protección que contribuyen a un desarrollo saludable. Lo más novedoso de PositivaMente 2.0 es que incorpora una evaluación rigurosa de su impacto mediante un diseño con grupo de control y seguimiento longitudinal. Además, el proyecto tiene una clara vocación de ciencia abierta, ya que pretende poner a disposición de la comunidad educativa y científica los materiales y los resultados obtenidos. Actualmente nos encontramos en la fase de análisis de los datos. En España todavía no disponemos de programas escolares de prevención de la conducta suicida que cuenten con este nivel de evaluación y transparencia en la difusión de resultados.

P:- En el proyecto de la Beca Leonardo realizado en Asturias habéis seguido a más de 800 adolescentes de seis centros escolares, ¿qué os ha permitido conocer sobre la salud mental y el bienestar de los jóvenes?

R:- La preocupación y el compromiso de los equipos directivos con su alumnado. Esto ha sido así en el conjunto del proyecto multicéntrico, que tiene una muestra total superior a dos mil adolescentes. Los centros educativos son muy conscientes de que se enfrentan a retos complejos y muestran una gran disposición a colaborar en iniciativas rigurosas y respaldadas por entidades de prestigio, como la Fundación BBVA. También hemos comprobado que, cuando los adolescentes encuentran un espacio seguro donde se sienten escuchados y acompañados, son capaces de compartir preocupaciones o experiencias que, en muchos casos, no habían expresado previamente a ningún adulto. Además, la evaluación nos ha permitido detectar algunas situaciones que requerían atención específica. En esos casos, hemos podido coordinarnos con los centros educativos para planificar conjuntamente la respuesta más adecuada.

P:- ¿Habéis encontrado alguna relación entre la salud mental de los jóvenes y el uso de redes sociales o de smartphones?

R:- Ese aspecto concreto no lo hemos evaluado en este proyecto. No obstante, la literatura científica más reciente señala que, cuando hablamos de redes sociales, la cuestión no es únicamente cuánto tiempo pasan los adolescentes conectados, sino cómo las utilizan y qué papel desempeñan en sus vidas. Las redes sociales ofrecen oportunidades muy valiosas de comunicación, aprendizaje y ocio. Al mismo tiempo, la evidencia muestra que un uso problemático puede asociarse con problemas psicológicos. Esto no solo tiene que ver con determinados contenidos, como la violencia, la pornografía o los juegos de apuestas, sino también con el hecho de que las pantallas desplazan actividades fundamentales para un desarrollo saludable, como el sueño, la actividad física, el juego y las relaciones presenciales o la convivencia familiar. Además, en las redes sociales aparecen fenómenos como la comparación social constante, la exposición a modelos poco realistas o distintas formas de acoso. Por tanto, más que centrarnos en la tecnología en sí misma, el reto está en promover un uso equilibrado que permita aprovechar sus beneficios minimizando sus posibles riesgos.

P:- A lo largo de la intervención, al cabo del año, hay varios indicadores que mejoran, como experiencias de ansiedad o el bullying, mientras que otros permanecen estables o incluso empeoran, ¿por qué?

R:- Los resultados que mencionas hacen referencia al subconjunto de la muestra de Asturias. En este momento estamos analizando el conjunto de los datos multicéntricos en función de la pertenencia al grupo de intervención o al grupo control, por lo que debemos ser prudentes a la hora de interpretar los cambios observados. En la adolescencia algunos malestares pueden aumentar con el paso del tiempo como parte del propio proceso evolutivo. A medida que los jóvenes crecen, se enfrentan a nuevos retos académicos, conflictos interpersonales, primeras relaciones afectivas o preguntas sobre su identidad y su futuro. Por tanto, no siempre cabe esperar que todos los indicadores mejoren de forma lineal. Precisamente por eso es tan importante contar con diseños rigurosos que permitan distinguir qué cambios son atribuibles a la intervención y cuáles responden al curso natural del desarrollo. La literatura científica en prevención lleva décadas mostrando que los programas sin apoyo empírico o las actividades bienintencionadas pueden resultar ineficaces o incluso generar consecuencias iatrogénicas, esto es, incrementar el problema que pretenden disminuir. Por eso es fundamental que las iniciativas que llegan a las aulas se apoyen en modelos teóricos sólidos y estén sometidas a una evaluación rigurosa de resultados. La prevención no debería basarse únicamente en la intuición o en las buenas intenciones, sino en el conocimiento científico disponible sobre qué funciona, para quién y en qué condiciones.

P:- ¿Hay otros países que sí que tengan programas de este tipo implantados de manera amplia?

R:- Podemos encontrar algunas iniciativas en diversos países europeos, pero en muchos casos su implementación ha sido limitada o no han llegado a consolidarse como programas ampliamente extendidos. Lo que sí ha avanzado de forma muy notable es el conocimiento científico sobre cuáles son los componentes más eficaces. Sabemos, por ejemplo, que resulta especialmente relevante trabajar habilidades de regulación emocional mediante metodologías participativas, promover la búsqueda de ayuda cuando es necesaria y fortalecer un buen clima escolar y el sentido de pertenencia al grupo. Este último aspecto es especialmente importante. La escuela es un lugar de aprendizaje académico y técnico que, sin duda, debe mantener rigurosos estándares de calidad. Pero también un espacio donde se construyen vínculos, redes de apoyo y experiencias tempranas de relación con los demás. Esto puede desempeñar un papel fundamental cuando los adolescentes atraviesan momentos difíciles. Del mismo modo, aprender a ser asertivo, pedir ayuda, ofrecer apoyo o identificar qué caracteriza a un buen amigo son competencias que contribuyen a un desarrollo saludable. También me gustaría aclarar una idea muy consistente con la literatura científica que ayuda a desmontar algunos malentendidos frecuentes: la prevención universal de la conducta suicida en adolescentes no consiste en hablar de suicidio de forma generalizada en las aulas. Su objetivo es fortalecer factores de protección y promover habilidades que favorezcan un buen desarrollo. Cuando un adolescente presenta ideación suicida o se encuentra en una situación de especial vulnerabilidad, estamos ante un escenario diferente que requiere intervenciones específicas que llamamos prevención indicada. Desde el punto de vista científico, se trata de niveles de actuación conceptualmente diferentes y complementarios.

P:- ¿Hay alguna acción similar que puedan desarrollar las familias para mejorar este tipo de habilidades o de preparación para enfrentarse a situaciones complejas?

R:- La familia desempeña un papel fundamental como entorno social y emocional primario. Más que aplicar técnicas concretas, una de las contribuciones más importantes es ofrecer modelos de comportamiento: cómo escuchamos, cómo afrontamos los problemas, qué hacemos cuando nos encontramos mal, qué decisiones tomamos en situaciones incómodas o cuando estamos relajados, cómo nos relacionamos con los demás o cómo actuamos de acuerdo con nuestros valores incluso cuando las circunstancias son difíciles. También es importante establecer límites, transmitir cariño y seguridad, y crear oportunidades donde los hijos puedan expresar lo que sienten. Encontrar ese equilibrio no siempre es sencillo. Escuchar y dar cabida a las emociones es importante, pero eso no significa centrar toda la atención en ellas ni interpretar cualquier experiencia desagradable como un problema que deba eliminarse de inmediato. De hecho, una atención excesiva al bienestar o a las emociones puede favorecer cierta hipervigilancia de los propios estados internos, cierto ensimismamiento o la tendencia a interpretar con un lenguaje clínico experiencias que forman parte de la vida cotidiana. La función de la familia no es evitar todo malestar, sino ayudar a los hijos a comprender que las emociones cumplen una función en la vida, y que la tristeza, la frustración, el miedo o la incertidumbre forman parte de la experiencia humana. Por muy desagradables que resulten, la mayoría son pasajeras y es posible construir una vida valiosa incluso en su presencia.

P:- Sobre la hipervigilancia, ¿crees que puede ser un problema hoy en día en la salud mental prestar demasiada atención a las emociones?

R:- Creo que es un riesgo que debemos tener presente. Las emociones cumplen una función adaptativa y prestarles atención puede ser útil en determinadas situaciones. El problema aparece cuando esa atención se convierte en una observación constante de los propios estados internos o cuando se transmite la idea de que cualquier malestar requiere un análisis permanente. A diferencia de muchos problemas físicos, las experiencias psicológicas están profundamente influidas por la propia narración que hacemos de ellas. La forma en que pensamos, hablamos y dirigimos nuestra atención hacia determinadas emociones puede modificar la intensidad con la que las vivimos. Por eso, en ocasiones, una excesiva focalización en el malestar puede acabar amplificando tales experiencias que, además, forman parte de la vida cotidiana. Tengo la impresión de que, con la mejor de las intenciones, hemos pasado de una época en la que determinados problemas eran ignorados o estigmatizados a otra en la que existe el riesgo de psicologizar experiencias normales del desarrollo humano. A veces parece que cualquier tristeza, incertidumbre, frustración o sensación de soledad debe interpretarse como una señal de alarma, cuando en realidad son experiencias inevitables y, en muchos casos, necesarias para aprender a afrontar la vida. Por eso no creo que la solución pase por más atención a las emociones, sino por una comprensión más adecuada de su función. La buena psicología no consiste en eliminar el malestar ni en etiquetar cada experiencia difícil, sino en ayudar a las personas a relacionarse de forma más flexible con lo que sienten. En ese sentido, no necesitamos más psicología, sino mejor psicología.

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