“Me interesa que mis proyectos artísticos se apoyen en un rigor humanístico”
Dramaturga, directora, intérprete y productora teatral, María San Miguel ha recibido este año el premio El Ojo Crítico de Radio Nacional de España, un reconocimiento a su trayectoria profesional y a su obra, “marcada por la investigación escénica y la rigurosidad”. En 2016, obtuvo una Beca Leonardo en Creación Literaria y Artes Escénicas para crear el espectáculo Viaje al fin de la noche, que cierra una trilogía acerca de Euskadi cuyo objetivo fue investigar sobre la identidad del dolor común a toda la sociedad vasca. En 2024, San Miguel estrenó con su compañía Proyecto 43.2 la obra Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva, que ha girado por España y se representará el próximo 10 de junio en el Teatro de Barrio de Madrid, además de disponer de próximas fechas en Vila Real (Portugal), Valladolid, y Cádiz.
28 mayo, 2026
Pregunta.- El jurado del premio ensalza tu trayectoria profesional, que, según sus palabras, “encarna una forma de hacer teatro tan original como necesaria”. ¿Cómo definirías esa manera que tienes de crear espectáculos?
Respuesta.- En mis procesos hay una parte previa importante y fundamental para que los espectáculos sean como son, que es el proceso de investigación y de documentación, que es largo y muy riguroso. Es algo que disfruto mucho, porque me acerco a un conocimiento que antes no tenía, aunque pudiera intuirlo, y me da la posibilidad de convivir con personas y conocer lugares a los que no llegaría si no fuera a través del teatro. Ese material, que parte de esas vivencias y esa escucha, es el que después transformamos con un sentido de la estética y de la poética a escena. En ese segundo proceso hay para mí una obsesión de encontrar nuevas formas de contar desde esta herramienta que hemos elegido, que es el teatro documental.
P.- Muchas personas asocian el teatro a un género más cercano a la ficción. ¿Cómo te interesaste por el teatro documental?
R.- Aunque mi vocación siempre fue ser actriz, me vine a Madrid a estudiar periodismo impulsada por las historias de mi padre, que siempre hablaba de sus vivencias universitarias en Valladolid. Empecé a estudiar teatro en el aula de la Carlos III, con mi maestro Domingo Ortega. Parte del teatro que hago y de la artista que soy hoy tiene que ver con él y con ese aula. Todas las fuentes de las que he bebido, junto con los estudios en periodismo, me incitaban a hacerme preguntas, y de alguna forma las trasladé a mi forma de hacer teatro. Quería llevar a escena todo lo que me interpelaba, de forma que, tras investigarlo, generara nuevas preguntas. Creo que también tiene que ver con una forma de estar en el mundo: mi mirada no es solo la de una artista, sino la de una ciudadana, y quiero contar el mundo desde un punto de vista transversal, contemporáneo y con perspectiva de género.
P.- ¿Cómo nació tu compañía de teatro, Proyecto 43.2?
R.- Después de estudiar teatro con Mar Navarro, volví a la universidad a ser profesora en el aula donde había sido alumna, y a estudiar un máster de humanidades. Quería que mis proyectos artísticos tuvieran un rigor humanístico, una base científica detrás. En ese contexto, durante mi tesina, fundé la compañía Proyecto 43.2, donde empecé a hablar del teatro como herramienta pedagógica y de memoria a través de un caso práctico: el conflicto vasco. 43.2 son, por cierto, las coordenadas geográficas del árbol de Gernika, que suponen un símbolo de libertad para el pueblo vasco.
P.- ¿Por qué te centraste en este conflicto en particular?
R.- Cuando nació Proyecto 43.2 en 2009, ETA seguía en activo y todavía nadie se había acercado a este tema desde la herramienta teatral. Aunque soy de Valladolid, he crecido en una familia con un alto compromiso político. Desde muy pequeña, oía constantemente en conversaciones lo que pasaba en el País Vasco, porque también en mi historia familiar existía un componente de memoria. Mi abuela paterna, Arsenia, nos contaba a sus nietas que a su padre lo habían fusilado en el golpe de Estado, y cómo, a sus 14 años, fue a recoger su cuerpo y enterrarlo.
Más tarde, en la universidad, conocí a Eduardo Madina, que había sido víctima de ETA. En ese momento se dedicaba a la política. Aunque ETA no le quitó la vida, sí le quitó una pierna, y no pudo ser lo que quería haber sido, que era jugador de voleibol profesional. Pero cuando le conocí en 2006, apostaba por negociar con los violentos para conseguir la paz. Su relato, unido a toda esta memoria familiar, me marcó mucho, porque no lo encontraba en los medios. Acercarme a ese conflicto desde la investigación, y a través de unos discursos que no había escuchado antes, me enseñó que nada era blanco o negro.
Considero que, aunque haya crecido en un entorno seguro, igual que el golpe de Estado, la guerra y la dictadura nos afectaron a todos, los problemas que tienen que ver con la violencia y con los duelos no son de índole individual, sino colectiva. Aunque no lo hayamos vivido en primera persona, o seamos de generaciones que ya no se han despertado con las noticias de los atentados a diario, el duelo de la violencia en el País Vasco pertenece a la memoria y a la identidad del país. Creo que estamos atravesados por lo colectivo, por cuestiones que incluso no sabemos que nos atraviesan, y no podemos escapar de lo que ocurre en la sociedad en la que crecemos, aunque ocurra a 800 kilómetros de distancia. Este tema en concreto me atrapó y me sentí muy identificada, aunque no fuera vasca.
P.- ¿Cómo evolucionó la compañía?
R.- 43.2 fue el título de la primera obra que hicimos sobre ETA y el País Vasco, pero a esta le siguieron dos obras más [La mirada del otro y Viaje al fin de la noche, desarrollada con la Beca Leonardo]. Se ha consolidado como una compañía en la que nos centramos, con mi equipo, en cuestiones sobre la memoria y la violencia que parten de un punto muy concreto, pero se extienden a todas las coordenadas del planeta. Cuando llevamos nuestro trabajo a Colombia, México, Bélgica, Grecia o Eslovenia, todo el mundo entiende de lo que estamos hablando. Los conflictos violentos, el dolor que generan, los problemas de memoria y la construcción de la democracia son cuestiones universales.
P.- Dices que estamos atravesados por lo colectivo. ¿En tu última obra, Federico. No hay olvido ni sueño: carne viva, también sostienes esa tesis?
R.- Sí, estamos atravesados por la memoria de nuestros padres, de nuestras abuelas y de todo ese silencio y terror sobre el que está construido este país. Me parece increíble que aún caminemos por lugares que guardan los huesos de nuestros muertos. Si escarbamos un poco en nuestra memoria familiar, vemos que esos silencios siguen ahí. Hacer ver esa herida es importante, primero para que la historia no se repita y, segundo, para saber quiénes somos. Porque todos estos silencios que nos atraviesan y que nos construyen, a veces nos generan traumas que no sabemos muy bien de dónde vienen.
P.- ¿Cómo se gestó la obra sobre Federico García Lorca?
R.- Fue un proyecto que me llegó en un punto delicado en mi carrera, y me dio mucho impulso, como lo hizo la Beca Leonardo en su momento. Tenía una crisis vital muy grande y estuve a punto de dejar el teatro: el duelo por la muerte de mi padre se juntó con una decepción profesional surgida a raíz de que personas queridas de mi entorno se apropiaran de mi trabajo de investigación sobre la violencia en el País Vasco en una película sin consultarme. En ese punto, José García Ávila, al que siempre estaré agradecida, me invitó a investigar sobre el silencio en torno a la figura de Federico García Lorca en Valderrubio, y así nació la obra.
P.- ¿Cómo ha sido acercarse a la figura del poeta granadino a través del teatro?
R.- Lorca es una figura referencial en la literatura española y más para cualquiera que haya estudiado teatro en este país. Pero además de acercarme a él, el proyecto me ha permitido hablar de un tema que siempre quise tratar, que eran las fosas. Ha sido un proyecto precioso, que nos está trayendo muchas cosas bonitas. Primero, el encuentro con todas las personas que han colaborado en la investigación, como el equipo científico de la Universidad de Granada, que ha exhumado fosas en el Barranco de Víznar, y con los que hemos trabajado mano a mano. Y después, el encuentro con el público, y con personas que a raíz de la obra nos han escrito para pedirnos que les ayudemos a buscar a su familiar desaparecido. Además, el Teatro Calderón de Valladolid nos ha invitado a realizar un espectáculo en la temporada del 27 relacionado con la Generación del 27 y el exilio, que da continuidad a esta obra.
P.- ¿Qué ha supuesto el premio El Ojo Crítico para ti?
R.- Un reconocimiento muy importante. Dedicarse al teatro hace que mi vida, en el día a día, sea muy precaria, y es necesario, metafóricamente, ir renovando votos, para cerciorarme de que me quiero seguir dedicando a esto. Entonces, el premio supone una muestra de que realmente el sector reconoce el trabajo que hacemos y lo valora. La Beca Leonardo también fue un gran impulso en mi carrera: me dio una seguridad que me permitió manejar mejor la precariedad, crear con la tranquilidad de que el proyecto que estás haciendo va a salir adelante, y estoy muy agradecida de formar parte de la familia de artistas que la han recibido.